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sábado, 19 de mayo de 2018

Fernando Quiñones y el Carnaval. ¿Un tabú?


Fernando Quiñones visto por Cecilio Chaves

No se entiende a Fernando Quiñones sin el Carnaval de Cádiz. Si se obvia la participación que el escritor tuvo con la fiesta, el estudio de su figura quedaría incompleto, habida cuenta de la curiosidad que tanto febrero como sus coplas ejercieron en su persona y en su obra. Y no se comprende, a menos que se quiera asumir que se está prescindiendo de una de sus dedicaciones y en algún momento de su vida, pasiones por las que Fernando dejó notable senda literaria y rastro oral, en cuyo caso hay que decirlo; hay que explicarlo; si no, todos los caminos nos conducirán inexorables al sospechoso aroma del tabú. Si se desgaja esta circunstancia y no se argumenta por qué, el acercamiento a su personalidad quedará cojo, como la pataíta maestra por bulería de su querido y magistral bailaor Cojo Farina, de quien Alejandro Luque hizo una magistral biografía (1). Es como pretender separar los camarones de las tortillitas; el cazón del bienmesabe; la piriñaca de la caballa asá… 


Fernando Quiñones, 1934

Fernando Quiñones, 1952
Quiñones vivió de lleno el Carnaval. Testigo fue en su temprana infancia de la prohibición que el gobierno de Franco hizo de esta fiesta. A sus quince primaveras conoció el sucedáneo de Fiestas de los Coros (luego Típicas) y a partir del año 1977 (sobre todo de 1980) del Carnaval ya democrático. Y lo estudió. Lo pregonó. Lo incorporó a su conocimiento. Y de la misma manera que era capaz de decirte, una cantiña, construida con elementos de alegrías con juguetillos de romera y mirabrá (junto a letrillas de la más añeja tradición de Rosa la Papera o Ignacio Espeleta), te cantaba por lo bajini los tangos de García de Quirós, de Cañamaque, de Rodríguez o de José Osiel, que había oído en aquellos mostradores de los baches de Cádiz, entre cañeros de manzanilla y Chiclana de barril:

            Los tangos de nuestra querida tierra
            son dignos que su memoria
            el pueblo guarde...

Fernando comentó el Carnaval de manera destacada y altamente especializada en los medios de comunicación, tanto en prensa escrita, como en radio y televisión. Incluso lo ambientó en su narrativa, aunque finalmente acabara denostándolo con la boca chica, añadimos—; lo cual no justifica la inexplicable ausencia del Quiñones cercano a los materiales folklóricos del Carnaval gaditano en las dos citas en las que, recientemente, se ha estudiado al autor de manera multidisciplinar.


Fernando Quiñones en un baile del Falla, de los llamados 'de etiqueta',
en donde los disfraces brillaban por su ausencia. Fiestas Típicas de 1965




En marzo de 2018, se celebró en la UCA un Congreso Internacional sobre el escritor, 'Si yo les contara... 20 años sin Fernando Quiñones (1998-2018)', en donde se analizó su poliédrica inquietud, y el conjunto de su obra, dispar y numerosa, repleta de entusiasmo: su obra teatral, su obra literaria, la poesía, la narrativa, su novela picaresca, sus cuentos, su epistolario; la amistad, el flamenco, su americanismo, su activismo cultural… Es decir, el foco puesto en todas ‘las habitaciones’ de la espaciosa casa de Fernando juntas en ocurrente y gráfica metáfora que a él le gustaba usar para explicar la diversidad y amplitud de sus gustos—. Todas tuvieron cabida allí. Todas menos una: su relación con el Carnaval. ¿Por qué? ¿No quedamos en que Quiñones trasciende los límites de la literatura e impregna muchos otros campos, especialmente aquí en Cádiz?


Al mismo tiempo fue inaugurada en Cádiz (Antiguo Bastión del Orejón) y poco después en Chiclana (Casa de la Cultura), con vocación intinerante, una exposición del Centro Andaluz de las Letras sobre el escritor: 'Las mil noches de Fernando Quiñones', y se volvió a tropezar nuevamente con la ausencia de un panel, de los 17 expuestos, que hubiese explicado y contextualizado siquiera de forma sucinta al Quiñones más carnavalesco. Volvió a faltar una ‘habitación’ de su casa. De su imaginario se destacó, el vino, los toros y el flamenco, mas se ausentó la estancia de las carnestolendas y sus viejos tangos, a mi entender un área temática más ligada al escritor que las dos primeras y de idéntica huella literaria (si no mayor).

Dicho lo cual, a pesar de esta opinión personal que no necesariamente ha de compartirse, como es obvio, considero que la exposición estuvo muy bien montada, magníficamente contextualizada, con textos muy didácticos y con una cuidada selección de material gráfico.






Fernando Quiñones, De Cádiz y sus cantes, Barcelona, 1964 (Primera edición)

‘De Cádiz y sus cantes’ (2), esa obra literaria sobre la que se dejó pasar el 50 aniversario de su primera edición a pesar del aviso a los navegantes que a la fundación de su mismo nombre le dieron—, ya recogía en 1964, un capítulo íntegro dedicado al Carnaval‘El fenómeno independiente de las coplas carnavalescas’. Fernando dudó si incluirlo o no, al tratarse de un libro de flamenco y así lo manifestó. Finalmente lo hizo, apoyado en dos consideraciones de peso: una, la gran transcendencia que en Cádiz tenía la fiesta, y dos, por el lejano parentesco que ambas manifestaciones musicales guardaban y que Fernando intuyó a través del tango (común a ambas). Téngase en cuenta que Quiñones hablaba, a la sazón, de la escasa y nula información bibliográfica que sobre Carnaval había en 1964 (en puridad, ya existía un trabajo bastante completo de Adolfo Vila, de 1957 (3) y otro a punto de editarse de Ramón Solís) (4).

Adolfo Vila Valencia no sólo fue precursor en realizar un estudio sobre el Carnaval de Cádiz. A pesar de ello y de la gran aportación que este pionero autor hizo con su trabajo después llegarían más suyos— es el gran olvidado por las élites; no habiéndosele concedido la importancia y el lugar que, a nuestro juicio, verdaderamente merece. 


Adolfo Vila Valencia. Alegrías de Cádiz o Historia exacta de nuestro antiguo Carnaval, Cádiz, 1957


Ramón Solís, Coros y chirigotas. El Carnaval en Cádiz, Madrid, 1966 (Primera edición).


La importancia que Quiñones le concedió entonces al valor antropológico del Carnaval lo manifestó visceral. Tajante. Sin ambages de ningún tipo:

“(…) Arte popular el de los tangos carnavalescos. Arte del pueblo y para el pueblo, arte descosido y espléndido, bronco e inmediato, legítimo y desgarrado como un Solana o un Goya. Cuanto más estridente aparezca la carroza, más tiznada y desastrada la chirigota, más cortantes las letras penetradas a veces de una extraña arbitraria y delicadísima ternura tanto mejor.”

Dejó claro Fernando que los tangos carnavalescos guardaban relación con el flamenco, pero conforme a la corriente de pensamiento de los años 60, erró en el orden cronológico de aparición de ambos:

“(…) Relación lejana pero de prosapia, pues estos tangos de Carnaval no proceden sino del viejo tango flamenco o gitano y de su más exquisito y gaditano retoño, el tanguillo.”

Realmente fue justo al revés. El tango de Carnaval había tomado carta de naturaleza con anterioridad al tango flamenco. Ambos de linaje antillano, sí; pero habían sido los tangos de las comparsas decimonónicas gaditanas los primeros que aparecieron, previamente en Cádiz y luego se propagaron por toda la Península Ibérica; los primeros que se registraron en cilindros de cera por los cantaores del momento; los que Pío Baroja recordaba en su infancia en Pamplona en boca de las sirvientas, luego llevados a sus novelas; también los pioneros en saltar al teatro lírico español, a la zarzuela y al cafetín bonaerense, que algo más tarde, ya desprovistos de acordes mayores y en la escala de cadencia andaluza (con la nigromancia artística de Enrique el Mellizo, y la danza y el cante de Curro Dulce con el tango americano), fueron tipificados como tangos flamencos, cuya versión lenta quedó fijada como tientosTraspasado el umbral de la nueva centuria, en los albores del siglo XX, cuando aún no había cristalizado la bulería de sus ascendentes jaleos y los estilos en boga eran el garrotín y la farruca, las compañías de discos de pizarra terminaron optando por el diminutivo tanguillo.

Quiñones, y en general toda la bibliografía que irrumpe en los años 60, está muy influenciado por los principios establecidos por una pareja literaria: su amigo el poeta cordobés, Ricardo Molina y el cantaor más influyente del momento, Antonio Mairena. Entre los dos fabulan una prehistoria flamenca de ficción: 'Mundo y formas del cante flamenco' (5), carente de todo soporte documental, y configuran, sin duda, el estudio menos documentado al que sin embargo— mayor credibilidad se le ha dado. Libro que le negaba el pan y la sal a las enormes influencias que el Carnaval gaditano le había aportado al flamenco, llamando ‘coplones de circunstancia’ al tango de "Los herederos" de 1888, aquel de la Reina Regente y el Regimiento de Garellano, que Concha la Carbonera cantaba con éxito en los cafés cantantes barceloneses y que a Manuel de Falla le cantaron en persona en el Balneario de la Palma y del Real en 1926, hasta el punto de levantarse el maestro y felicitar al coro gaditano (véase aquí). Molina, al mismo tiempo que escribía lo de ‘coplón’, silenciaba que su compañero de libro, Mairena, grababa esos mismos ‘coplones’ en su propia discografía de vinilo. Convenía silenciarlo.


Fernando Quiñones visto por Julián Delgado

Tomó buena nota Quiñones de la crítica, y del concepto sorprendentemente favorable, que Pío Baroja le había dedicado al Carnaval gaditano, frente a la hostilidad manifiesta que el escritor vasco junto a la nutrida corriente literaria antiflamenquista de la Generación del 98 sentía por el arte flamenco, y no dudó en opinar sobre el Carnaval, respecto de su enorme popularidad, frente a la minoría que cultivaba el flamenco

“(...) sólo de estas coplas, si atendemos a su condición mayoritaria y al éxito que en el pueblo obtienen, es quizá de las que se puede hablar como de único arte popular andaluz, ya que el auténtico cante, sea cual fuere su calibre, se queda para capillas y grupos de cualquier clase social más especializados y escogidos: más preparados…”

Se detuvo el chiclanero también en la meritoria por iletrada nómina de los autores de posguerra del Carnaval, y resaltó su condición humilde: 

“Tanto los autores de las letras como los de las melodías de las coplas carnavalescas, pertenecen al más llano pueblo; no pocos de ellos, no saben escribir, y la inmensa mayoría ignora lo que es la composición musical. No obstante, su innato sentido melódico en cuanto a la música y su ingenio en cuanto a las letras, ha dado y da origen cada año en Cádiz a frescas y airosas piezas, algunas de las cuales superviven dentro y fuera de la ciudad desde el siglo pasado.”


Fernando Quiñones visto por Fernando Devesa

‘De Cádiz y sus cantes’ ha resistido bastante bien el transcurso del tiempo, pese a su primera edición de 1964 que quedó relegada a un mero borrador y pese a que le costó la reprobación pública de un investigador de mayores conocimientos flamencos a los suyos (José Blas Vega), quien le enmendó errores de mucho calado. En general, la llegada de la intelectualidad al flamenco en contra de lo que se diga— arroja un balance bibliográfico pobre, tendente a la corriente novelesca y bastante menos riguroso de lo esperado, en detrimento de la cientificidad documental, jamás mostrada en aparato crítico alguno. Así, ni Blas Infante, ni Molina, ni Grande, ni Caballero Bonald... han dotado jamás a sus textos flamencos de fuente documental alguna, dando por válidas teorías sin testar; todo lo contrario de lo que ha hecho la flamencología más moderna y contemporánea, en donde una sola entrada digital de los Bohórquez, Faustino, GamboaSoler, Barberán, Castro o Martín Ballester…, basada en la documentación diversa (libros de padrones, de quintas, certificaciones literales de nacimiento, matrimonio, defunción, bautismo, partituras...), ha contribuido más al común conocimiento que todos los trabajos juntos de las plumas más excelsas.

Los textos de Quiñones sobre el Carnaval gaditano no se limitaron solamente al trabajo anteriormente referido. Varios prólogos con un detenido análisis desplegaron también su estudio; particularmente dos colecciones discográficas en la década de los 80 vieron su docta pluma. Una de ellas fue la Antología del Carnaval de Cádiz, décadas 50/60 y tangos, edición especial promovida por la Caja de Ahorros de Jerez. (6) Por su interés y su escasa divulgación, reproducimos íntegra su introducción:



"Dos son los rasgos más destacados que en el Carnaval de Cádiz se pueden apreciar: su larga historia y su capacidad de renovación, que no va en detrimento de su carácter.

Las noticias más antiguas del Carnaval gaditano provienen del siglo XVII, se amplían en el XVIII y, ya en el XIX, nos dan como hecho consumado esa muy singular realidad folklórica, parcial y lejanamente emparentada con el arte flamenco a través del tanguillo. En el dilatado plazo de tiempo a que aludí, le van influyendo sucesivamente las canciones y comparsas de negros —esclavos en su mayoría— avecindados en Cádiz, las formas y modalidades de Carnaval italiano, llevadas a la ciudad por las colonias de comerciantes venecianos y genoveses, y ritmos e instrumentaciones procedentes de Iberoamérica: del caribe sobre todo. Esos y otros ascendientes van acrisolándose y acoplándose en las celebraciones carnavalescas del añejo puerto andaluz, hasta definir unas líneas de melodías y maneras que siguen hoy día en pie, y que todos los años cunden y se refrescan y enriquecen.

En tal sentido, la capacidad creativa y adaptadora del pueblo gaditano parece y ha de ser— interminable en cuanto a la producción de letras y músicas carnavalescas. Atenidas muchas de las primeras, cada febrero, a la actualidad reciente, tenemos, pues, en el copiosísimo acervo de las letras del Carnaval gaditano, una especie de 'Historia' o crónica en el tiempo, contada y cantada por el pueblo llano desde sus peculiares y diversos puntos de vista, y atañedera no sólo a las novedades y sucesos de Cádiz, sino también a muchos de los más descollantes en el plano nacional e internacional.

Coro, comparsas, chirigota o murga —los conjuntos tradicionales, de más o menos voces—, y los más recientes cuartetos, tercetos y dúos bufos, sustentan y aumentan anualmente el clásico repertorio de tangos, pasodobles, cuplés y potpurrís que, con los recitativos cómicos, de las agrupaciones no cantantes, integran el cuerpo nunca completo, siempre en crecimiento, del Carnaval de Cádiz y suelen prodigar en sus temas el elogio a la ciudad, la crítica local y nacional —bien dura en muchos casos—, la desdeñosa negación de toda moda extranjerizante, la nota erótica, la política, la escatológica y relatos comentados de los más variopintos hechos y acaeceres.

Con la orientación de un verdadero enamorado y protagonista del Carnaval de Cádiz, este disco —promovido por la Caja de Ahorros de Jerez, dentro de su acertada labor en pro de la cultura popular de nuestra tierra— recopila, mediante el tipo más ensolerado de las agrupaciones, el numeroso coro, un puñado de canciones carnavalescas gaditanas que obtuvieron en su momento la mejor acogida dentro, fuera y aun más lejos de la ciudad, y que siguen tan vivas como el año en que fueron lanzadas. Representativamente, esta selección vendría a ser como una generosa y variada 'tapa' del inabarcable 'banquete' folklórico en que el Carnaval de Cádiz consiste, y que sólo en sus calles, locales y fechas pude degustarse plenamente. Pero, como tal y abundante 'tapa', la verdad es que nada se le puede objetar en cuanto a escogencia, calidad y autenticidad.

                                                                Fernando Quiñones."

La editorial Cinterco y la Caja de Ahorros de Jerez, lanzaron, asimismo en 1984, un estuche con cuatro discos de vinilo, junto a una muy cuidada edición: Antología del Carnaval de Cádiz, 1884-1975, en cuyo interior hay un libro que contiene letras antológicas de los coros gaditanos del XIX y XX, así como de las murgas de Cañamaque y pasodobles y cuplés de autores más contemporáneos (7). Contiene un magnífico estudio de Marcos Zilbermann y nuevamente un prólogo de Fernando Quiñones (8), como hermosa portada barroca de casa palaciega, en donde el escritor demuestra no sólo su vasto conocimiento, sino su amor incondicional todavía intacto, mediada la década de los ochenta— por el Carnaval de Cádiz:




"Como la ciudad que lo forjó y a semejanza del arte flamenco o gitano andaluz, esa realidad también nacional, a la que llamamos en singular Carnaval de Cádiz, no es otra cosa que un vasto plural, una suma compleja de culturas y tiempos muy diversos.

Bastante claros aparecen la trama de su tejido, los motivos de su gestación y desarrollo, esa 'red de causas y efectos' a que aludió Borges, ciertamente intrincada aunque, en este caso del Carnaval gaditano, visible y no secreta..."




Prosigue Fernando con una teoría propia, harto personal, respecto a la génesis del Carnaval de Cádiz y su condición marítima, que no admite viables discrepancias, y en donde enuncia una hipótesis, basada en su gran perspicacia y en su, no menor, capacidad de observación:

"Empezaré declarando cuánto me extraña no haber leído ni oído todavía que, salvo las excepciones de rigor y dejando a un lado Edades más remotas, la geografía carnavalesca es eminentemente portuaria. Los más renombrados carnavales de la tierra corresponden a puertos también renombrados: Venecia, Niza, Río de Janeiro, Nueva Orleans, Cádiz, Estoril... A poco que nos fijemos, y aun desde la perspectiva o el punto de vista antropológico, la dinámica y el espíritu de los viejos, actualizados ritos del dios Mono (sic) parecen, en efecto, cuadrar más cabalmente con la promiscuidad, el movimiento y la versatilidad de un puerto que con el talante de las ciudades interiores, por lo general y tradicionalmente más estable, así como menos pródigo en novedades cotidianas.



Ni el fabuloso crecimiento de las comunicaciones y de la información contemporánea, incluido el trasiego aéreo, ni las continuas ampliaciones y ensanchamiento de la vida colectiva actual, creo que atenten gravemente en nuestros días contra las profundas, arraigadas motivaciones que marcan esa diferencia de indiosincracias urbanas entre las localidades portuarias y las del interior. Abigarradas y heterogéneas por naturaleza, las fiestas carnavalescas hallarían, pues, su más propicio marco y aun su mejor fuente de inspiración, en la heterogeneidad vital y en el mayor abigarramiento de las ciudades abiertas al mar y a su permanente influjo, con la diversidad y la sorpresa por banderas, y toda una adjunta secuela de pintorequismos.

Pero refiriéndonos ahora sólo a Cádiz, bien cabe preguntarse: ¿acaso las 'naumaquias', los simulacros de batallas y celebraciones navales que cobraron fama en el Cádiz romano y en aguas de La Caleta, no eran ya una especie de gran carnavalada acuática? El exorno aquél de naves y navichuelos, aquellos juegos y pantomimas de la guerra, aquel entusiasmo popular que las 'naumaquias' suscitaban, ¿no nos saben vagamente a un Carnaval a flote, de hace veinte siglos? Igual que, sin salirnos de la ciudad y la época, nos saben un poco a 'fiesta flamenca' las canciones y danzas de las puellae gaditanae desveladas por los escritores latinos:


                               Forsitan expectes ut gaditana canoro,

                               incipiat prurire choro plausuque probate... (9)

¿No son ambos ejemplos, naumaquias y puellae, las más que posibles caras de una misma moneda, pruebas del alma alegre y festiva, fresca y superviviente en nuestras horas, de la ciudad que llegó a ser la tercera del vasto imperio, la 'Gades iocosa'?


Todo el 'tinglado de la antigua farsa' carnavalesca, el espíritu festivo de la ciudad, parece ya transparentado en esas canciones, bailes y festivales náuticos. Por supuesto que sería imprudencia radicar sin más, en las milenarias naumaquias caleteras o en las fiestas paganas del Cádiz de los Balbo, un remoto origen del Carnaval gaditano. Pero, si bien formulados con cautela, queden aquí su rememoración y sus sabrosas sugerencias, evidenciadoras de un amor por lo lúdico que los siglos no han alterado, y de esa doble capacidad de gozosa invención y de diversión pública, extrovertida, sospechosamente semejantes a las que sigue emanando Cádiz, sobre todo en sus noches y sus días de carnestolendas.


La consabida poquedad de noticias medievales gaditanas (cuya cosecha se ciñe a poco más, en cuanto a la dilatada época de Al-Andalus, que a lo recogido por Pedro Martínez Montávez en sus rastreos sobre el pequeño y decaído Cádiz árabe), nos constriñen a situarnos de un salto en la Edad Moderna. A partir de ella, y por lo que atañe al Carnaval gaditano, los datos más en firme comienzan a articularse y, como diría un cronista añejo, los acontecimientos se precipitan.

Puerta de y hacia el Nuevo Mundo, Cádiz y su litoral recibirán un extenso muestrario de canciones y danzas prácticamente procedentes de toda España. La ciudad resurge veloz de su largo apagamiento y a su resurgir le pone música y baile, en boca y pie de sus portadores regionales, todo aquel acervo folklórico de paso a Indias o en pululación por su costa: emigrantes de bien y marineros, pícaros de siete suelas, truhanería almadrabera y tabernaria. Toda una antología viva del folklore español de la época que Cádiz será siempre capaz de adaptar a sus propios son y versión, y al que se unirán más tarde las variantes presentes también en el ámbito del arte flamenco— que he llamado 'de ida y vuelta'. (10)

Estas modalidades americanas, luego acarnavaladas o aflamencadas mediante su arribo al puerto gaditano, no dejarían de llegar, como sabemos en la segunda mitad del siglo XVIII, y se detectan sobre todo a lo largo del XIX, muy peculiarmente en sus últimas décadas.

Durante el setecientos, que es el verdadero Siglo de Oro gaditano (¿hay aún quién pueda dudarlo?) merced al monopolio portuario de Indias cuyos beneficios se extenderían a casi toda la centuria siguiente, sucede un hecho definitivo para el Carnaval de Cádiz. Pocas, pero sólidas noticias anteriores, nos dan cuenta en el siglo XVII de un Carnaval local animado aunque rudimentario, con ciertos visos de medievalismo y otros de tosquedad: tapados y tapadas, combates callejeros con pellas de barro y fango del arroyo antecediendo a las serpentinas y papelillos, las bromas brutales (un hombre disfrazado de osa ha de tirarse al mar porque unos gamberros le han metido fuego, lo que originará un bando prohibitivo del Cabildo)...
Pero ya en el XVIII, el influjo de la colonia de venecianos afincados en la ciudad a favor de los prósperos negocios marítimos, impone definitivamente en Cádiz las formas, estilo y maneras del rancio, ilustre Carnaval de la Serenísima república de Venecia, refina, mejora y engrandece la celebración, aunque seguramente sin hacerle perder rasgos autóctonos. 

Así, y hasta nuestros años, el Carnaval gaditano seguirá consistiendo en un innumerable potpurrí de influencias externas y aportaciones propias, dado por el carácter predispuesto y portuario de la ciudad, y sustancialmente apoyado en dos módulos: la tradición carnavalesca de Venecia —presente, por otra parte, en todas las actuales carnestolendas del mundo— y los ritmos y aportaciones de la América morena. Pasacalle cuando lo hay, tango rey, airoso pasodoble, corto y punzante cuplé, y generalmente largo potpurrí, son los cinco palos de la baraja coplera del Carnaval gaditano, de nacimiento ecléctico y libérrimo el copioso repertorio que, año tras año, renuevan los conjuntos con un singularísimo sentido musical. Heterogeneidad y mezcolanza en estado puro: junto a la imitación y a la parodia del foxtrot de anteayer o del rock de ultima hornada, ecos flamencos u operísticos; antifaz y rombos vénetos de Arlequín y de Colombina entre chachalaca o güiro caribe, sosteniendo lo que podríamos imaginarnos como una interminable bandeja de variedades, rápidamente caedizas las más (aunque no el espíritu y el sello especial que las dictan), otras diversamente duraderas, y algunas pocas perdurables.

Idéntica multiplicidad de registros se advierten en las temáticas y matices de las letras, devueltas hoy por la democracia a us autenticidad. En los cantables del Carnaval de Cádiz no se excluyen, por fuerza y entre sí, términos habitualmente tan opuestos como broma y queja, crítica y encomio, a veces superpuestos, pillería y ternura, comedieta y drama. En ciertas coplas, más en las de asunto erótico o escatológico y muy patentemente en los breve cuplés, la ocurrencia deslenguada e incluso soez, es neutralizada victoriosamente y superada en una mayoría de casos por una gracia tinta en sincero desparpajo, por el ingenio del letrista y por la dicción del coro, comparsa, chirigota o agrupación menor que la echa a los cuatro vientos.

Tan felizmente bautizada y analizada por Leo Spitzer en materia literaria, la 'enumeración caótica' es asimismo un frecuente elemento o recurso de humor de las letras carnavalescas gaditanas, también generosas en trabalenguas y batiburrillos verbales. Gozan ellas de un instinto de la rima y del metro no menos certero que aquel otro, musical, con que unos simplísimos pitos de caña —y si no hay otra cosa, un par de resonantes utensilios de cocina— pueden preludiar la canción de turno, y acompañarla luego como sincopándola y 'comentándola' burlonamente."


Fernando Quiñones visto por María del Mar Robert

¿Conocía Fernando las etapas históricas de las carnestolendas gaditanas? Ya hemos visto que con sobrada erudición. ¿Le interesaba a Quiñones el Carnaval? Sin ningún género de duda. Es más, él mismo se encargaba de proclamarlo, pues el chiclanero le huía —como gato al agua helada— al compromiso que termina por convertirse en incómoda obligación, siendo incapaz de escribir acerca de algo que no le interesara:

"(...) No por sentirme debido al compromiso de prologuista (del que siempre escapé y escapo cuando lo prologable no me interesa), sino en buena ley, terminaré opinando que 'Antología del Carnaval Gaditano, 1884-1975', por su válida ambición, por su extensión y por los desvelos que en la Antología se han puesto, constituye hoy por hoy la más completa creación discográfica dedicada a una peculiarísima variante del folklore popular andaluz. Una variante amasada con muchas, como hemos visto, que ya hicieron notar sucesivamente un Swinburne o un Pío Baroja y que parcialmente han tocado Larrea, Solís y otros autores, antes de que su renombre específico traspasara los límites andaluces donde es objeto de numerosas imitaciones— y aun nuestras fronteras nacionales."


Plaza de San Antonio, 1929. 'El Jarrón Árabe' de Antonio Accame

Por extraño que pueda parecer el epicentro del Carnaval gaditano en el siglo XIX y en la primera mitad del XX no se encontraba en el barrio de La Viña, siendo la calle Ancha, la plaza de San Antonio y sus alrededores contiguos, los lugares más céntricos en los que la fiesta se condensaba. Esto hacía de La Viña un barrio alejado y marginado del Carnaval, en donde no se colocaban tablaos ni las agrupaciones cantaban por allí. Tan es así, que el 1 de febrero de 1901 llegó a publicarse una carta en Diario de Cádiz, bajo el título: Varios vecinos de la Viña, en la que estos llegaban a preguntarse: ¿Por qué los vecinos de la Viña hemos de ser menos? (11)

El muy posterior Concurso de Popurrís del barrio de La Viña, cuyo impulsor fue Emilio Aragón Prian a través de la, entonces, Caja de Ahorros de Jerez, junto a Radiocadena Española en Cádiz, consiguió que el barrio viñero encontrase por fin el protagonismo que siempre demandó; a pesar de ser el barrio que, históricamente, mayor número de componentes le había aportado a la fiesta. Fernando Quiñones escribía una breve semblanza de sus específicas predilecciones en los repertorios de Carnaval, situando al popurrí como: El colista de mis preferencias (12), en un recopilatorio de coplas y artículos, editado por ambas entidades:

"Honradamente hablando, de entre el repertorio de coplas carnavalescas gaditanas prefiero el clásico tango y al breve y eficaz cuplé, siguiendo por el pasodoble. Queda, pues, colista de mis preferencias el popurrí, lo que no parece una declaración muy adecuada para esta publicación.

Muchos gaditanos, y otros que no lo son, comparten estas preferencias. Un popurrí realmente bueno es cosa rara y difícil; compromete en su logro desde la mezcolanza de la música hasta la duración, casi siempre excesiva y que en más de una ocasión los hace pesados. Contra estos inconvenientes, la calidad de un buen popurrí carnavalesco gaditano quizás nos procure más placer, en un momento dado, que cualquiera de las otras coplas.

Confío en que junto a estas modestas líneas se alinee una excelente colección de tan curioso y árduo (sic) género, y, como se dice en deporte, que haya ganado el mejor."

Cuando escribió 'De Cádiz y sus cantes' (1964) ya se ha dicho que Fernando se lamentaba de la escasa y nula bibliografía con la que se contaba entonces sobre el Carnaval gaditano (lo cual era una verdad a medias). Inmediatamente después, en 1966, Ramón Solís, escribió 'Coros y chirigotas. Carnaval en Cádiz'. 22 años más tarde, esa misma obra de Solís (Sílex, 1988) vio la luz con una segunda edición (13). 

Quiñones era muy amigo de Eleonor Domínguez, un editor de Madrid, afincado en Cádiz, en el barrio de San Carlos, que luchó mucho por las ediciones cuidadas, de temática local. Reeditó la obra de Solís (había reeditado también en el 75 Aniversario de la Constitución, su obra clásica: 'El Cádiz de las Cortes') (14) y le encargó el preámbulo a su amigo Fernando Quiñones que hizo otro magnífico prólogo, repleto de sabiduría y capacidad analítica del estado de la cuestión del momento historiográfico del Carnaval de su ciudad, cuyos estudios fueron incrementándose a partir del año 1983, fecha del primer Seminario y se consolidaron en los noventa con la llegada de los Congresos Internacionales, dirigidos por el profesor Alberto Ramos y la nada desdeñable colaboración de Antonio Cabrera.




"(...) Queda muy claro que el escritor centra su interés en las coplas del Carnaval de Cádiz y que, sin prescindir de rasgos históricos, su objetivo se ciñe a esas coplas o letras de las agrupaciones mucho más que al rastreo exhaustivo de antecedentes y de referencias que sus estudios acostumbran mostrar. Estamos, pues, ante un ameno y oportunísimo libro de divulgación, que cumple perfectamente como tal y al que, por tanto, de ningún modo hay que pedir se adentre en aspectos de especiales envergadura y compromiso, cual lo sería la inclusión de datos carnavalesco-gaditanos del siglo XVII (es ahora cuando se dispone de no pocos) y la actractivísima indagación de síntomas, 'psicológicos' al menos, de esa Fiesta en la Edad Antigua, en el Cádiz romano concretamente, donde ofrecen interesante campo de estudio las festivas naumaquias acuáticas, con la vistosa ficción de batallas navales, o el arte entre jovial y erótico con que las canciones y bailarinas de la 'iocosa Gades' sedujeron a Roma en los primeros siglos de nuestra Era, según pregonados testimonios de Estrabón, Juvenal, Marcial, Plinio El Joven o Estacio (15). Tan arcaicos datos, que sitúan en Cádiz la existencia del probablemente más antiguo y documentado folklóre musical-coreográfico de España, quizá no dieran paso a ninguna sólida demostración histórica de antecedentes pagano-gaditanos del Carnaval (celebración, como se sabe, precristiana y tutelada por el dios Momo), pero sí pueden contribuir respetablemente a anudarlo con un espíritu lúdico y colectivo, festero, mímico y sonoro, inmutable en Cádiz a través de los siglos. De ahí la conveniencia, que vengo recomendando a los jóvenes historiadores del Carnaval gaditano, de apurar al máximo esa parcela de investigación, y todas las anteriores al siglo XVIII, en la nada utópica esperanza de hallazgos y deducciones reveladoras, o bien muy sugerentes, afirmativas de una inmemorial 'continuidad' de la Fiesta.

Este libro de Ramón Solís, cuyas referencias más antiguas corresponden al Cádiz del setecientos, es de cariz sociológico por lo que tiene de registro y apreciación de la Historia en voz y criterio del pueblo humilde.


                            Dejando en él las manchas de las manos

                            y las goteras de la ortografía,

como dijo Neruda del poeta popular chileno Jesús Brito, el acervo de las coplas carnavalescas gaditanas compendia y critica a su modo el pasado y el presente hasta componer una especie de disperso cronicón secular donde cualquier novedad local, nacional o extranjera puede y suele tener asiento, con una ideología calificable de progresista las más veces y, las menos, con un conservadurismo incluso reaccionario en ocasiones.


La personalidad de la ciudad y su elogio, el mundo de la política y el mundo del sexo, el de los cambios y costumbres sociales, son asuntos preferidos por los coros, comparsas, chirigotas y demás agrupaciones del Carnaval de Cádiz, cuyos modestos libretillos y cuadernos de coplas cubrirían una copiosa biblioteca como la reunida a lo largo de sesenta y tantos años por el doctor gaditano don Ramón Grosso, uno de los proveedores fundamentales de estas páginas igual que lo fue, no menos generosamente, de las pocas que he escrito sobre tales calendas en 'De Cádiz y sus cantes' y otros cortos estudios y artículos. (16)

El sistema esencial, buen sistema, empleado por Ramón Solís en la composición de este libro es el de espigar varias letras carnavalescas en torno a un tema determinado, ordenarlas y comentarlas, indicando siempre la agrupación y el año de procedencia; la atinada brevedad de esas presentaciones o comentarios, y el casi ininterrumpido desfile de coplas, hacen de la obra lo que el subtítulo declara en portadilla, una antología, y aseguran su abarcadora amenidad, al tiempo que diversifican con nitidez una larga gama de matices temáticos e intencionales, prioritariamente presidios por el humor y la crítica.

(...) Queremos realzar la gracia de los trabalenguas, de que Solís ofrece tan buenas muestras como la que el gran mejicano Alfonso Reyes reproduce del Carnaval de Cádiz en su estudio de las jitanjáforas, y la observación de que ordinariez y gracia, tan difícilmente casables, resultan compatibles, en un elevado número de casos y hasta extremos gratamente atroces, si es el genuino poeta carnavalesco quien las maneja.

El uso frecuente de una imaginación rayana en el lindo disparate, o en la ocurrencia de cuño práctica e indeliberadamente surrealista, como las que tanto regocijan a Rafael Alberti en las coplas, tampoco escasea en estas páginas, por suerte:

                             Ay chinga mandinga
                             mueve el omoplato
                             mira cómo brinca
                             don bicarbonato

o bien este considerable aunque involuntario servicio prestado a las fuerzas armadas por una rejuvenecida cliente de la cirugía estética:

                             Cuando le metieron mano
                             y acabó la operación
                             sobró pellejo pa los tambores de La Legión.

Pero no estaría bien cerrar estos párrafos sin una alusión, siquiera nominal, a seis de entre los más señeros letristas y músicos del Carnaval gaditano: Antonio Rodríguez 'Tío de la Tiza' (1863-1913) (17), Manuel López Cañamaque y Guzman el Batato, junto al más reciente Paco Alba y a los veteranos 'Fletilla' y Joaquín Garaboa 'Quini', dos actuales representantes de la más estricta tradición.

Claro que ni este libro, ni ningún otro publicado o venidero, pueden entregarnos en plenitud el sabor auténtico, las impresiones del callejeo, los paraderos y sorpresas del Carnaval de Cádiz —notable también en cuanto a seguridades personales y a acogedor pacifismo— vivido en sus fechas y en el ambiente insustituible de la añeja, encantadora ciudad.

Ya es mucho, y eso lo cumple con toda suficiencia este trabajo de Ramón Solís, que se nos dé una idea del espíritu, la atmósfera y el carácter letrístico de una celebración tan ensolerada como singular, depositados en este libro y antes que nadie por el autor de El Cádiz de las Cortes.

                                                               Fernando Quiñones
                                                               Madrid, mayo de 1988"


A pesar de que Fernando Quiñones no escribió ni una novela ni un estudio ensayístico sobre el Carnaval —ambas cosas pudo haber hecho con sobradísima propiedad— sí que quedaron forillos de tramoya carnavalesca en su narrativa. Como bien dice Juan José Téllez, por ejemplo en el pasaje veneciano de La canción del Pirata en el que Juan Cantueso compara los carnavales venecianos y gaditanos (18), o en su obra, Nos han dejado solos, a través del personaje El Chasca:

"(...) Bueno: no por la noche con lo de los trajes de pato, sino por la tarde, viendo en la Avenida la cabalgata del Carnavá, fue cuando me entró el primer mosqueo. Pero no con Pedro ni con lo de los trajes, sino así un mosqueo de que a lo mejor no iba a rodarnos bien el rollo . Y luego al cabo de un rato, lo mismo en La Estrella, en la Plaza Candelaría, escuchando a Los Pamplis y a Los pistoleros del Fargüé. Un barrunto gordo de que el rollo nos podía salir chungo, pero sin pensar en esto ni en lo otro. ¡Y no hice caso, coño! Dije: 'eso es el miedo, picha'. Y como p´asustarse siempre hay tiempo, dije: 'a ese tigre hay que conocerle las manchas: fuera', y me tomé dos cubatas y me estuve entreteniendo y dándole en la boca al miedo con el popurrí de Los Pamplis y con el de Los gondoleros de Venesia y con el cuplé tan bonito de Los democlásicos, me cago en mis muertos (...)"




El Carnaval recuperó su fecha tradicional en Cádiz en febrero de 1977, con Emilio Beltrami en la alcaldía, es decir, meses antes de llegar la democracia a España y muy próximo a la denominada 'Semana trágica de la Transición', en la que la ultraderecha creó un clima de pánico que justificase la intervención del ejército. En los últimos días de enero de ese mismo año se había producido la Matanza de Atocha de los abogados laboralistas. 


Pepe Mena en los bailes del Falla
El primer ayuntamiento democrático se constituyó en abril de 1979, con aquella coalición de partidos PSOE, PA y PCE, con Carlos Díaz en la alcaldía. Por tanto, el primer Carnaval organizado por un ayuntamiento democrático, le correspondió al de febrero de 1980, con la concejalía de Pepe Mena, que hizo un gran esfuerzo organizativo por devolverle a la fiesta su condición eminentemente popular —tanto, que pidió un mes de excedencia en los Talleres Laínez donde trabajaba Mena como tornero; y su partido, el PCE, hizo una colecta compensatoria entre sus miembros, para que él se dedicase a la organización— contando con un presupuesto de casi 16 millones y medio de pesetas. Transformó la figura de la Reina por la de Diosa, nombre que al propio Mena no le gustaba, tras haberse barajado otras denominaciones (19) y rescató otro elemento de las Fiestas Típicas: la del pregonero, figura que había nacido en 1954 con Antonio Rosales Gómez Don Puyazo (20) y que tuvo continuidad en otros pregoneros; personalidades todas afectas al régimen, como José María PemánJoaquín Calvo Sotelo (a pesar de estar este último, explícitamente en la lista negra de Radio Nacional de España en Cádiz, según demuestra la documentación del Archivo Histórico Municipal de Cádiz).


Suplemento dominical de Diario de Cádiz, 24 de febrero de 1980. Foto: Carlos Spínola


Foto: © Joaquín Hernández Kiki
En 1980 Fernando Quiñones inaugura esta nueva etapa como pregonero del Carnaval de su tierra. El titular del Diario de Cádiz es sumamente explícito: 'Un Carnaval para la historia'. La cuestión no es baladí. El cambio popular y democrático era un hecho; la percepción que se tenía en la calle era que se estaba viviendo una etapa histórica (como así reflejaba el rotativo), un período de Carnaval popular, que había revertido en el pueblo, de conquista de disfraces y de participación en la calle; y Quiñones se había convertido en toda una voz autorizada y un consumado conocedor de la fiesta, por lo que hubo un claro consenso a la hora de su elección. La organización, preocupada por la poca atención que la fiesta deparaba con los barrios de extramuros, acercó la figura del pregonero a las barriadas más desfavorecidas y efectuó un paseo en coche de caballo por los barrios obreros de la ciudad. 



El escritor le pidió prestado a José Rodríguez Hurtado Chatín, punta emblemático de las comparsas de Paco Alba, su tipo de 'Los senadores romanos', de 1968; disfraz con el que pregonaría arriba del exorno efímero de la Pagoda China de la Plaza de San Antonio, con una original corona de mojarritas y brecas.


Foto: © Joaquín Hernández Kiki
1981. Quiñones y Rafael Alberti. En medio Emilio López y en primer plano Sierri Sancho
Foto: © Joaquín Hernández Kiki


28 de febrero de 1981. Cinco días después del 23-F.
Histórica foto: Pemán, Quiñones y Alberti.
Foto: © Joaquín Hernández Kiki

1981, además de la nefasta intentona golpista del 23-F que cuadró en plena sesión de tarde del Falla, es también el año en el que por primera vez en la historia nuestro concurso es televisado por TVE.  Reunidas las autoridades de la corporación gaditana con el entonces director de Televisión Española, Miguel Ángel Toledano se accedió a su primera retansmisión. El ente público accedió a cubrirlo sólo tres horas, pero hubo de emitirse en diferido al día siguiente, tras un fiasco de pantalla en negro, pero con toda la expectación que cabe imaginar. Fernando Quiñones, por su reconocida erudición de Carnaval, será una de las tres grandes voces que acompañaron al locutor, José Luis Garrido, en aquella pionera transmisión.

1985, y por primera vez a través de la Segunda Cadena, será el año en el que también Fernando sea elegido el comentarista que acompañe toda la noche en la gran final a TVE, concretamente a Manuel Rodríguez Duarte. Fue una retransmisión controvertida también, pues la televisión pública se había comprometido a emitirla completa, pero tan sólo se ofrecieron cuatro horas.


1985. Fernando Quiñones en el palco de TVE comentando la Gran Final


Es a finales de la década de los años ochenta cuando en Quiñones se empieza a producir un punto de inflexión. La mirada que le dirige al Carnaval de Cádiz comienza a ser distinta. Le afloran defectos a la fiesta y surgen matices que no gustan al escritor. Lo ha estudiado. Lo ha admirado, sí y lo ha loado con amplitud, sí; pero empieza una cierta desavenencia, coincidente en el tiempo con la llegada masiva de la televisión autonómica y la globalización imparable que éste acusa desde los primeros años 90.

Un breve fragmento del preámbulo ya visto de su amigo Ramón Solís, ya había dejado entrever antes un incipiente punto de vista crítico, que se iría incrementando y recrudeciendo con el tiempo:

"Una crítica capaz de revolverse, chusca pero eficazmente, aun contra su mismo y amado Carnaval gaditano (este año se quejó en una letra una comparsa de que mejor sería destinar los gastos carnavalescos a remediar decadencias y necesidades de la ciudad, eterna preocupación de los letristas), y capaz también de entrever soluciones para su futuro, como una copla del 86, que, aun con otros peros y objeciones, cifraba lúcidamente buena parte de esas soluciones en el adecentamiento y restauración urbana del casco histórico de Cádiz, que ahora se está llevando a efecto como marco básico de una economía turística, cultural, universitaria y veraniega, aparte recursos pesqueros e industriales, en la periferia éstos, y la puesta en marcha de un papel iberoamericano que Cádiz, la más iberoamericana de las ciudades europeas, va estando también en condiciones de ejercer apenas se la dote de las necesarias infraestructuras.

Por lo que atañe al flanco humorístico de las coplas, y no sin denunciar aquí de paso los peligros y desvirtuaciones que para el carácter de las letras y las músicas puede suponer una reciente tendencia de pretendido y refinado 'culturalismo' (...)"



Pero será a través de un artículo que escribió para la revista Gaceta Gaditana, 'Carnaval, notas críticas', en donde Quiñones dejará clara constancia del cambio de su percepción. Sin rodeos. Sin circunloquios, le subraya defectos y le imputa a toda la fiesta para mi gusto, sin razón en ese punto— poco menos que la culpa de todos los males de Cádiz. Reproducimos íntegro su artículo:

"Sin adherirse uno ni por pienso a cierta reciente y desaforada carta abierta en la prensa de Cádiz, no puedo dejar de preguntarme a veces si a nuestro carnaval (21) no lo estamos sacando de quicio. Un poco o bastante.

Que una ciudad abrumada de problemas de toda especie, por delante los económicos, dedique las toneladas de energías y gastos que al carnaval dedica, nos infunde de repente, pese a lo mucho que el carnaval nos seduzca, la idea de que podrían llegar a mover esos esfuerzos si a destinos más provechosos y duraderos los encauzásemos. Pensemos, por ejemplo, en lo que lograrían aplicados a una participación vecinal en ayudar mucho más a los indispensables adecentamiento y restauración de Cádiz. Un conjunto de los que se gasta lo que no tiene en disfraces y avíos, que levanta las piedras con las manos —este es un viejo dicho— para sacar el tiempo y el dinero conducentes a hacer un buen papel carnavalesco, ¿qué no movería restaurando y bajando, por ejemplo, las fachadas de una manzana en mal estado, cooperando a la limpieza pública, a la restauración de nuestra ciudad, con el celo y el cuidado que pone, con la capacidad de tiempo y sacrificio que invierte en crear un poner a punto un tipo y un repertorio? Tanto me gusta el carnaval gaditano, como bien saben muchos, que hablar así es como tirar un pedrusco contra un propio y querido tejado, pero me es imposible no decir lo que pienso, y que reza también, cómo no, para los gastos oficiales carnavalescos. Al carnaval de Cádiz hay que ayudarlo y potenciarlo; desorbitarlo ya es otra cosa.

Tal vez esta misma idea fue la que me dictó en La canción del Pirata, unas líneas referidas en la novela a los carnavales venecianos, aunque más o menos en el subconsciente tengo por casi seguro que estuviera pensando en los gaditanos de hoy día. Me permitiré reproducir esos renglones:

"... le comenté a Corradino que si los Carnavales daban mucho de sí en Cádiz, que él le decía Cadiche, mucho más se estiraban en Venecia, y que ya lo había notado yo el año antes, estando malo en la cama. Tampoco hice bien en hablárselo, porque andaba contento y se le apagó la cara al escucharlo y se remordió. Esa es otra y así nos va dijo—. En las demás naciones la locura del carnaval no pasa de unos días, y aquí se desatina con ella unos meses."

Por supuesto que en casa no es así, pero tampoco deja de ser revelador el hecho de que el Carnaval (ensayos, medios de difusión, etcétera) colee desde Noviembre y ocupe muchas mentes todo el año. Repito, y sé que me creerá, que a lo que no tiene de 'gadita' y de callejero le pesa un tanto hablar así, contrariando un amor y un espíritu carnavalescos que no dejo de compartir. Pero tampoco puede uno traicionarse como hombre de ideas, no muchas, es cierto, pero algunas, traición que me acercaría al más rastrero, acomodable y 'pelota' de los enchufados. Igual que no callaré aquí cierta censura a un creciente vicio del Carnaval de Cádiz consistente en parecer mejores, por parte de los conjuntos, cuanto mas 'cultos' de una cultura que no es la del pueblo llano.No es nueva esa tendencia en nuestro carnaval (y quizá en ninguno), y bien observó Borges que en cuanto la gente llana aprende a decir 'intestinos' ya no vuelve a decir 'tripas' por bien que venga esa palabra y por pedante que resulte aquella en determinados momentos. Las aspiraciones 'sinfónicas' o literarias de no pocos conjuntos, no vienen a qué; lo suyo, lo de nuestros carnavales, es la música y el habla y el pensar y el sentir populares a pierna suelta, lo del Tío de la Tiza y Cañamaque y Fletilla y mucho de Paco Alba y El Quini y tanto otros. Sígase, pues, en lo genuino, en lo del pueblo, que para las otras músicas y letras ahí están los conjuntos instrumentales y la literatura, ¿no?

Y de cierre una invitación, que no es la primera ni tiene un pelo que ver con lo de antes, a nuestros estudiosos del carnaval, a Alberto Ramos Santana, a Jorge Paz Pasamar, a Marcos Silberman (sic) y demás compañeros. Tenemos pocas, pero no ninguna, noticias del carnaval gaditano en el siglo diecisiete. Hasta ahí llegamos, y hay que ir más para atrás. Invertigar (sic) por ejemplo, el asunto de las naumaquias, verdaderas cabalgatas marinas 'carnavalescas', aquellas fiestas de fingidos desfiles y batallas navales que se produjeron también en la iocosa Gades ya que pueden sugerir un justificable precedente romano del espíritu lúdico, la parada vistosa, la inclinación al disfraz y otros tantos elementos de lo que, a través del dios Momo y luego de los siglos, se convertiría, muy transformado, en nuestro Carnaval. Como precedente al menos, la vinculación no es disparatada. Hay que trabajarla. Si se trata también de historizar (sic) al Carnaval de Cádiz, de prestigiarlo más y más, semejantes datos y precedentes, tratados con profundidad, prudencia y rigor, deberían contribuir brillante y definitivamente a la solera y añeja gloria de nuestras Fiestas de Febrero en lo que tienen de Cultura con mayúscula.

Ojalá tuviera uno tiempo para todo. Doctores tiene la festejación, sin embargo, como para hacerlo muy rebien."



Pero Fernando tiene un doble lenguaje. Hay agua y aceite en el vaso de su argumento. Doble densidad argumental. No cuela. Como no casa ir de vallecano de barriada humilde y comprarte luego un chalet de lujo. ¿Legítimo? sí; pero el discurso se cae. Porque justo después de su artículo disidente, Quiñones escribe para un coro de Carnaval, 'Atlántica', es decir, hizo cuanto criticó, al: "dedicar toneladas de energía en escribir" (entre otras cosas, porque se le atragantó la métrica que le imponía la medida del patrón musical, y no fueron pocas las letras que le tiraron para atrás, por falta de metro exacto); también "levantó las piedras con las manos para sacar el tiempo para hacer un buen papel con la agrupación" (el coro no pasó la Preselección); y "se sacrificó, invirtiendo en crear y poner a punto un repertorio"...

Por otra parte, con posterioridad a su "bando de guerra" y al margen de la pose de su discurso oficioso, teóricamente disconforme con la totalidad de la fiesta, Fernando Quiñones está encantado de seguirle el juego al Carnaval y acepta sin reserva alguna —ahora conforme— toda suerte de pregones carnavalescos por pueblos y villorrios de Andalucía. Muchos de estos pregones no se los prepara y los configura a partir de un patrón literario en el que tan sólo cambia la localidad, el gentilicio y la figura femenina que encaje en el discurso, ora diosa, ora sirena, ora piconera, ora coquinera... ¡ora pro nobis!; y si bien, de alguno de ellos sale con oficio y tablas, de otros, lo hace medio trasquilado.




Esa idea que ya ha calado en Fernando, de que el causante de la decadencia y de todos los males de la próspera Cádiz es el Carnaval, llega también a sus novelas, por ejemplo en boca de su personaje el Gordo Caviedes:

"(...) No han sido malas fechas para incrementar relaciones y mover blanqueos y asuntos financieros, mientras que poco o nada podrá adelantarse durante el renombrado Carnaval  ya en puertas, y que para el Gordo Caviedes, como para muchos, no es otra cosa que una inútil sacudida de alegría, aturdimiento y basuras, en la ciudad empobrecida y bella: le contaron, y él ha visto ya, que el mayor esfuerzo ciudadano del año va a carnavales, y que debilidad y conformismo, indolencia y desánimo, reinan después en lo demás, con la evitación de incomodidades necesarias, el dejar pasar, el amilanamieto, embozados y refugiados en la sal y la gracia hijas de la gran puta." (22)



Un último artículo suyo para El País, con el que coincidimos en parte, le separará más del actual Carnaval, al que ya no reconoce y con el que no se identifica. Le incomoda la masificación. También su declaración de Interés Turístico Internacional (presente ya en 1980 cuando él pregonó). No soporta el barroquismo literario y musical de las comparsas y le dirige a la fiesta una mirada en la que todo tiempo pasado fue mejor. 

Está escrito en febrero de 1998, poco antes de su marcha, cuando la fiesta ya ha sido tocada de muerte por la, entonces, incipiente botellona, de turbas andrajosas despistadas que preguntan ¿dónde está el Carnaval? y en donde la televisión que él inauguró como comentarista en 1981, le dedica ya un número insólito de horas, esfuerzo y recursos, con una absoluta sobredimesión también por parte del resto de medios escritos.

"(...) creo que las fiestas gaditanas que alcanzarán mañana su ecuador se han ido desmadrando hasta términos negativos. Padecen de elefantiasis. Entre dientes o en privado así lo reconocen incluso muchos carnavaleros de renombre.

El deterioro responde a muchas causas y una de ellas es la masificación, que empuerca la ciudad hasta extremos imponentes. Por otra parte la asignación de Interés Internacional a estas fiestas acabó de colgarle el gorro cascabelero, de bufón nacional a una ciudad cuya historia y alicientes de todo orden son muchísimo más que eso y que atesta Cádiz dos fines de semana, con la sola ventaja para la hostelería a cambio de un colosal gasto público para un Cádiz en aprietos y que recibe estos días a una larga patulea de mangones.

El sacrificio económico al Dios Momo se extiende a las agrupaciones del carnaval gaditano, al pueblo en suma, muy dueño de hacer lo que quiera con sus deudas y con su tiempo, pero cuyos dispendiosos entusiasmos y esfuerzos carnavalescos (que cubren medio año y me quedo corto) rendirían mucho fruto si ganaran en favor, no de un montaje costoso y unas coplas sino de sus envejecidos barrios y las reclamaciones, realidades y conveniencias sociales, que les urgen.

Entre el anterior siglo y el nuestro, una treintena de maravillosos cachondos, analfabetos o casi, con tiznones y un barco de cartón, diseñaron el repertorio musical del Carnaval de Cádiz (tango, pasodoble, cuplé, popurrí) y crearon letras y músicas que han llegado hasta hoy en alas de su gracia, su ignorancia literaria y su crítica desinteresada no a la espera de subvenciones y premios, padres de la avidez y el descontento.

Pero la cosa es ya otra. Salvo algunas excepciones o las simpáticas agrupaciones 'ilegales' (es decir, no concursantes a premios), muchas comparsas y coros abandonan su sabroso y esperpéntico 'surrealismo popular', como lo llamó Rafael Alberti, y tiran a pautas más sofisticadas, más finas y, sin duda, más aburridas. Muy difícilmente se oyen hoy finales de cuplé como aquel antiguo, en el que parecen aletear disparatadas y feamente desde Bretón y el romancero tradicional español hasta el más intempestivo, pero eficaz, exabrupto callejero:

                                             Una sirena ya fría
                                             que por la popa colea
                                             y en sus cantares decía
                                             ¡me llamo la polla Andrea!" (23)

¿Un tabú para los intelectuales el Quiñones carnavalesco? Es posible, sí. En cualquier caso no debe ser descartado, como motivo de estudio, su acercamiento, trato y proximidad al Carnaval gaditano y debe ser contada su relación con la fiesta, con sus cinco —casi seis— largas décadas amándolo y su legítimo cambio de opinión, cuando ya no lo soporta en el último decenio. Aunque sólo para lo que le conviene.
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(1) LUQUE, Alejandro, Que me quiten lo bailao. Vida y arte de Juan Farina, Chiclana: Ayuntamiento de Chiclana de la Frontera, 2000.

(2) QUIÑONES CHOZAS, Fernando, De Cádiz y sus cantes. Guía de un folklore y una ciudad milenarios, Barcelona: Seix y Barral, 1964.


(3) VILA VALENCIA, Adolfo, Alegrías de Cádiz o Historia exacta de nuestro antiguo Carnaval, Cádiz: Talleres Tipográficos Salvador Repeto, 1957.


(4) SOLÍS LLORENTE, Ramón, Coros y chirigotas. El Carnaval en Cádiz, Madrid: Taurus Ediciones, 1966.


(5) Citamos la tercera edición: MOLINA TENOR, Ricardo y CRUZ GARCÍA, Antonio (MAIRENA, Antonio), Mundo y formas del cante flamenco, Granada- Sevilla: Librería Al-Andalus, 1979.


(6) Así canta nuestra tierra en Carnaval. Antología del Carnaval de Cádiz 50/60 y tangos. Cinterco y Caja de Ahorros de Jerez, 1984. HA 519.


(7) Antología del Carnaval de Cádiz. 1884-1975 (IV volúmenes). Cinterco y Caja de Ahorros de Jerez, 1984 HA 5030.


(8) ZILBERMANN MORALES, Marcos y QUIÑONES CHOZAS, FernandoAntología del Carnaval de Cádiz. 1884-1975, Cádiz: Cinterco y Caja de Ahorros de Jerez, 1984.


(9) "Quizá estás esperando que al jalear el corro,

    empiecen las de Cádiz a moverse entre palmas..." (Marcial, Epig) (cita y traducción de Fernando Quiñones en el estudio que acompaña a la Antología referenciada).

(10) "Que he llamado de Ida y vuelta" (sic) Repárese cómo Fernando Quiñones remarca en primera persona su propuesta de denominación genérica, que estableció desde entonces en su trabajo de 1964 para el conjunto de los cantes de procedencia americana, anteriormente nunca llamados así. También lo recordó en un artículo escrito para la revista Cádiz e Iberoamérica: "(...) La designación 'de ida y vuelta' según pretendí dejar formulada en mi libro 'De Cádiz y sus cantes', responde a que casi todos esos estilos flamencos de cuño iberoamericano son, en su origen, de procedencia instrumental y musical deparada por España al Nuevo Mundo y que después retorna a la península enteramente cambiada por las muchas y singulares aportaciones que allí recibe..." QUIÑONES CHOZAS, Fernando, Hispanoamérica y el arte flamenco, en revista Cádiz e Iberoamérica, número 1 de 12 de octubre de 1983 (Pág. 78).


(11) "Nada llega a aquél popular y abandonado barrio. Nos contentamos con poco. Y sirva esta carta de instancia al municipio. Con que nos envíen las comparsas por la tarde (de tres a cinco, por ejemplo), a la calle de la Rosa, San Leandro o plaza del Tribunal y podamos coger los tangos, tenemos bastante. Muy poco costará un tablado en un sitio espacioso donde oigamos a Los Gallos, Los Indios, Las Botellas y todos esos coros de que ustedes nos han hablado. Ellos tampoco habrían de ser muy exigentes en su contrata. Por la noche nada queremos. Iremos a la calle Ancha o a ver los fuegos artificiales. Dispensen este ruego y manden a sus seguros servidores." Diario de Cádiz, 1 de febrero de 1901. Véase: OSUNA GARCÍA, Javier, Carnaval, mitos y tópicos, en El Ático de los Gatos, revista literaria y cultural número 5, 2015 (Págs. 102 y 103).


(12) QUIÑONES CHOZAS, Fernando, El colista de mis preferencias, en Los mejores popurrís y piropos a Cádiz del Carnaval 84, Cádiz: Caja de Ahorros de Jerez y Radiocadena Española en Cádiz, 1984 (Pág. 23).


(13) SOLÍS LLORENTERamónCoros y chirigotas. El Carnaval en Cádiz, Madrid: Sílex, 1988.


(14) SOLÍS LLORENTE, Ramón, El Cádiz de las Cortes, Edición Conmemorativa de la Constitución de Cádiz, 1812-1987, Madrid: Sílex, 1987.



(15) Véase Las niñas de Cádiz, en edición de Rafael León. Málaga, 1964. (Cita de Fernando Quiñones en el preámbulo de la obra de Ramón Solís).

(16) Muy interesante el dato, pues es aquí, justo en el preámbulo de la reedición de la obra 'Coros y chirigotas', cuando Quiñones proporciona la noticia de que el principal proveedor de las coplas para su trabajo 'De Cádiz y sus cantes' y para la obra de Ramón Solís, 'Coros y chirigotas', fue el doctor Ramón Grosso, parte de cuya colección está hoy depositada en la Biblioteca de Temas Gaditanos, estudiada en profundidad por el profesor Alberto Ramos.



(17) Casi clava Fernando Quiñones los años de nacimiento y defunción de Antonio Rodríguez Martínez 'El Tío de la Tiza', que realmente nació en 1861 y falleció en 1912. Curiosa las fechas que proporciona, al ser una época (1988) en la que a Rodríguez se le suponía nacido en 1833. Probablemente la información, bastante aproximada de sus fechas reales de natalicio y muerte, se las proporcionara Ramón Grosso, basado en los datos de las fechas que adelantaron Serafín PróVila Valencia, que propusieron idénticos años. OSUNA GARCÍA, Javier, El Tío de la Tiza (1861-1912). Revisión biográfica, Cádiz: Caja San Fernando, 2007.

(18) TÉLLEZ RUBIO, Juan José, Las otras letras del Carnaval de Cádiz, en Infolibre, 24 de febrero de 2017.


(19) "Empiezo por decir que a mí lo de diosa no me gustaba. Yo hubiera preferido que se llamara 'musa del Carnaval', pero entre un montón de nombres, entre los que estaban los de piconera, sirena, reina, ninfa y algunos más, la votación decidió por gran mayoría entre representantes de peñas y asociaciones de vecinos, que fuera el de diosa el calificativo a emplear. De verdad que unas fiestas tan 'terrenas' como estas debieran tener otra denominación, pero la mayoría así lo quiso y eso se ha respetado a rajatabla."

Entrevista de Jesús Collantes a Pepe Mena. Véase, Diario de Cádiz. Suplemento del domingo, 17 de febrero de 1980 (pág. 6).

(20) OSUNA GARCÍA, Javier, El periodismo en tiempos de Carnaval (1763-2005), Cádiz: Quorum Editores, 2009 (Pág. 372).


(21) Repárese que por primera vez, Fernando, escribe 'carnaval' en minúscula. El subconsciente ya se pronunciaba.


(22) QUIÑONES CHOZAS, Fernando, Vueltas sin fecha, Sevilla: FQ editorial, 2010 (Pág. 35).

(23) El País, 25 de febrero de 1998. Véase, VILCHES DUEÑAS, Amalia, Fernando Quiñones, las crónicas del hombre, Madrid: Alianza Editorial, 2008 (Págs. 324-326).